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domingo, 12 de agosto de 2012

Emocionante

Hace poco, escribía sobre  “el dolor ajeno”, sobre lo increíble que resulta comprobar que personas desconocidas, de pronto se vuelvan importantes y nos sintamos de manera espontanea, unidos a ellas con una especie de lazo invisible. Lo suyo, su sufrimiento, se hace un poco “nuestro” y quisiéramos poderles expresar nuestro pesar, nuestro afecto y nuestro apoyo.

Ahora, por razones bien distintas, compruebo una vez más, como ese lazo del que hablaba, existe en realidad. No lo vemos, la mayor parte del tiempo ni siquiera lo notamos, pero de forma inesperada, experimentamos como cobra fuerza y empieza a tirar y tirar, llegando incluso a apretar más de la cuenta.
Estos días, con la celebración de las Olimpiadas de Londres, espero no haber sido la única que lo he notado. Hemos sido testigos de cómo jóvenes, alcanzaban sus sueños. Y en la medida en que se traducía en su rostro, el esfuerzo y la ilusión, y la competición se volvía interesante, la emoción nos envolvía también a nosotros. Les decimos a gritos, ¡¡vamos, vamos!! Estamos ahí motivándolos desde la lejanía, sintiéndonos orgullosos como si fueran nuestros hijos, hermanos…Lo mío es peor, como soy una sensiblona, tengo que reconocer que el pelo se me pone de punta, la piel de gallina y la lagrimilla asoma por mi ojo derecho cuando por ejemplo veo a las nadadoras de sincronizada darnos un espectáculo tan bello como el que nos han dado.

La trasmisión de emociones potentes positivas, nos llena de energía y nos hace sentirnos unidos, ni siquiera hace falta que lleven la bandera de nuestro país, en realidad cualquier trabajo bien realizado (otro ejemplo para mí ha sido ver los saltos increíbles de trampolín de la final de 10 metros, entre China, EEUU y Reino Unido) nos puede llegar al alma.
Me encantaría decirles a cada uno: ¡Increíble chaval/a, eres increíble! ¡Gracias por el esfuerzo y la dedicación!

PD: Cada vez entiendo mejor a los padres llorones de “Lluvia de estrellas”

jueves, 26 de julio de 2012

Pagarla con los demás

Qué bueno sería que, antes de disparar, dedicáramos unos minutos a averiguar cuál es la causa de nuestras frustraciones o sinsabores.

¡Resulta tan fácil desplegar toda una artillería y arremeter contra otro!, incluso cuando éste, no tiene culpa alguna en el desatino.
La mayoría de las veces las discusiones comienzan por algo, pero otras, no hay un motivo claro. Llevado a la guasa, recuerdo ahora el sainete de los Álvarez Quintero, “Ganas de reñir”, aquí todo acaba bien y la cosa queda en riña de enamorados, pero la mala intención de la protagonista, que tiene ganas de líos, predispone toda la secuencia que se desencadena inútilmente.

Lo malo, es que son muchas las ocasiones en que no se trata de asuntos infantiles, y acaban pagando justos por pecadores. Y ya sabemos que la disposición y la actitud, determinan el juego incluso antes de empezar. Pero claro, cuando uno está “tenso”, es liberador poder utilizar cualquier excusa para explotar y acabar así con la tensión. (que dicho sea de paso nunca acaba). En cualquier caso, no está bien pagar nada con los demás.
Hoy escribo esto a modo de confesión, (algún día mis hijos lo leerán) para sentirme algo mejor, y también conseguir un empujón que me ayude con el propósito de enmienda. “Hijos míos, perdonad mi impaciencia, por mucho que a veces me exasperéis, vosotros sois eso, niños, y yo que debo ser la adulta, la consciente, la que mantiene la calma, pierdo los estribos en demasiadas ocasiones. Y aunque sé, que os digo que la culpa es vuestra…NO LO ES (al menos, nunca lo es del todo), son otras muchas cosas las que interfieren en mi conducta. Debo una vez más, disculparme, empezar de cero y también como en todo lo demás, vaciar el vaso a diario, para que ninguna gota lo pueda colmar.

PD: “Niños, hay algo que si podéis hacer por mí: portaros un poco mejor, por favooooor!!!”